jueves, 24 de septiembre de 2026

Breve tregua de octubre

Ningún milagro los había convocado a la cancha de Ciudadela esa tarde de octubre del '75. Solo la obligación del fixture y la necesidad, casi física, de golpear algo que no respondiera con balas. El sol de primavera derretía la brea de la línea de cal y evaporaba el olor a linimento que treinta hombres traían puesto desde el tren.

El vestuario olía a Vick VapoRub, a sudor frío y a esa acidez que sube del estómago cuando uno sabe que va a doler. Del lado derecho, los de Tacuara Rugby Club se vendaban los tobillos sin hablar. Gómez Ayerza (un calco del sudafricano Morné du Plessis), era el capitán, octavo, no pensaba en la Patria ni en el Orden mientras se ajustaba los botines. Pensaba en los escombros de su propia rodilla derecha y en si alcanzaría a llegar al tercer tiempo sin cojear. Pensaba en su padre, que esa mañana, entre el café y el diario, le había vuelto a decir que Tomás estaba muerto para la familia. Ocho meses sin una llamada, sin una carta, sin una señal. Ocho meses desde que su hermano menor se había ido con los mismos tipos que ahora se vendaban del otro lado del pasillo. Gómez Ayerza apretó los cordones hasta que los dedos se le pusieron blancos. No era la Patria lo que le apretaba el pecho. Era la duda de si alguno de esos pibes sabía dónde estaba Tomás, y si él sería capaz de preguntárselo después del partido sin romperle la cara a alguien.

Del otro lado del pasillo, a la izquierda, los de Montoneros Rugby Club hacían ruido. Alguien rasgaba una guitarra desafinada contra la pared; dos pibes discutían sobre un volante que había salido mal impreso la noche anterior. El "Colo" Taboada, el capitán y ala del equipo, no arengaba. Era muy parecido a Jean-Pierre Rives, pero pelirrojo. Estaba exhausto. Había pasado la madrugada repartiendo propaganda en Villa Caramelito y sus manos le temblaban tanto que apenas podía atarse los cordones. No les habló del pueblo ni de la revolución. Les dijo, mirando al piso: "Si les pegan, levántense. Si les rompen algo, aguántense. Hoy no somos nada más que quince contra quince". Y era mentira, y todos lo sabían, pero fue lo único que se le ocurrió decir antes de salir.

Lo que no les dijo, lo que no le decía a nadie, era que esa mañana había visto a Gómez Ayerza llegar al club en un Falcon blanco con su viejo al volante, los dos con la misma mandíbula cuadrada, los dos con la misma seguridad de quien sabe que el mundo no se le va a caer encima. Y que, por un segundo, un segundo del que se avergonzaba como de una traición, Taboada había deseado ser él. No por la plata ni por la clase. Por la certeza de que mañana iba a haber un desayuno con café y diario, y una madre que le preguntara cómo le había ido en el partido.

Salieron al campo. La luz de las tres de la tarde rebotaba blanca contra el pasto pisoteado y dejaba a todos entrecerrando los ojos. El Sr. Dughan, el árbitro, un viejo de bigote caído, sopló el silbato. El partido empezó. En los primeros veinte minutos, los cuerpos no chocaban solo por la posesión de la ovalada.

Los forwards de Tacuara bajaban la cabeza en los scrums con una obediencia que asustaba. Sus tackles caían secos, a la altura del plexo, siempre dentro de la ley, siempre un milímetro más fuerte de lo necesario. Los de Montoneros llegaban al ruck como quien se tira a un pozo sabiendo que el fondo está lleno de vidrios: se colgaban de las piernas, de la camiseta, de lo que hubiera, y se dejaban arrastrar por el peso de los otros antes que soltar la pelota.

En el primer tiempo, cuando el marcador iba 6-3 a favor de Tacuara, un grito desde la tribuna de madera rompió el ritmo del juego. Alguien de Montoneros había desenrollado una bandera con un lema político. Un simpatizante de Tacuara se abalanzó sobre él. El referee sopló el silbato, irritado.

Gómez Ayerza miró hacia la tribuna. Vio a dos pibes forcejeando, vio a los dirigentes correr hacia ellos. Por un segundo, pensó en su padre, en el diario de esa mañana, en los titulares sobre bombas. Sintió la rabia subirle por el pecho como acidez.

Taboada también miró. Y por un segundo, Gómez Ayerza vio en sus ojos la misma duda que él sentía: si valía la pena seguir jugando, si el rugby era suficiente para contener todo eso.

Los dirigentes separaron a los pibes. El Sr. Dughan sopló el silbato otra vez. El partido siguió. Pero algo había cambiado Los tackles empezaron a caer un milímetro más alto, a la altura del cuello. Los scrums se cerraban con un empuje que hacía crujir los dientes. La tregua ya no era tan limpia.

A medida que pasaban los minutos, las camisetas de algodón pesaban por la transpiración y el pasto se convirtió en un barro negro que se pegaba a los botines como alquitrán.

En un ruck cerrado cerca de la línea de try, Gómez Ayerza quedó atrapado bajo una pila de cuerpos. Sintió que el aire se le escapaba de los pulmones en un silbido fino. Arriba, el peso de las piernas de Taboada le aplastaba el cuello contra el pasto. Por un segundo, Gómez Ayerza pensó que el muy hijo de puta no iba a soltarlo, que iba a dejar que el ruck le partiera la clavícula. Y por un segundo más largo, más oscuro, pensó en Tomás. Pensó que esos mismos cuerpos que lo aplastaban eran los que se habían llevado a su hermano una noche de febrero y que, si apretaba un poco más, si dejaba que la rabia le ganara la mano, podría hacerle a Taboada lo que ellos le habían hecho a Tomás. La sangre de la ceja de Taboada le caía sobre la nuca, tibia, metálica. Taboada jadeaba arriba, con los ojos cerrados, pensando que así debía ser morirse: aplastado contra el barro, sin aire, sin nadie que te nombre en el desayuno del día siguiente. No había ideología ahí abajo. Solo dos pibes tratando de no ser el que terminara roto.

El silbato del Sr. Dughan cortó el aire. ¡Penal por no soltar! Taboada aflojó la presión. Se quedaron los dos un segundo en el suelo, respirando lo mismo, hasta que Gómez Ayerza apoyó una mano en el pasto y se incorporó despacio, llevándose la tierra pegada a la oreja. Le tendió la mano a Taboada. Taboada la miró, la tomó, y se dejó levantar. Ninguno de los dos dijo nada.

Durante sesenta minutos más, los treinta hombres siguieron jugando sin dejar de ser lo que eran. Los de Tacuara, rígidos y potentes; los Montoneros, desordenados y feroces. Pero el sudor les quemaba los ojos a todos por igual, y el sabor a cobre en la boca, cuando un codazo accidental rompía el labio, era el mismo. El cansancio los fue domando en el segundo tiempo hasta que a ninguno le quedaron fuerzas para odiar con elegancia.

Cuando el silbato final los liberó, no hubo abrazos. Se saludaron con un choque de manos firme, corto, casi adusto. Cada uno volvió a su vestuario cojeando. Luego llegó el tercer tiempo.

El tercer tiempo los encontró en el quincho del club, donde el olor a carne asada y a cerveza barata ya había empezado a reemplazar al del linimento. Los de Tacuara se sentaron a un lado de la mesa larga de madera; los de Montoneros, al otro. Al principio, el silencio fue espeso, atravesado solo por el sonido de los cuchillos cortando el asado y el tintineo de los vasos. Nadie quería hablar de lo que pasaba afuera, porque afuera, en las calles de Buenos Aires, se estaban matando.

Gómez Ayerza no probó el asado. Se quedó mirando su vaso de vino como si en el fondo fuera a aparecer la cara de Tomás. Del otro lado de la mesa, Taboada comía con hambre de pibe que no había almorzado, y Gómez Ayerza lo odió por eso, por esa capacidad de comer como si el mundo no se estuviera cayendo a pedazos.

Entonces uno de los wings de Montoneros, un pibe flaco que en el segundo tiempo había recibido un golpe que casi lo deja fuera, levantó su vaso y miró a Gómez Ayerza.

—Che —dijo, con la voz pastosa por el vino—. Si no me agarrabas de la camiseta antes de que llegara a la línea, te hacía el try.

Gómez Ayerza lo miró. Por un segundo, estuvo a punto de preguntarle si conocía a un tal Tomás Gómez Ayerza, si había oído su nombre en alguna célula, en alguna casa operativa del conurbano. La pregunta le subió por la garganta como bilis. Pero la tragó. Masticó un pedazo de pan y respondió sin levantar la voz:

—La próxima vez no te quedes mirando al referee. Y sacate los anillos, que me van a marcar la cara para el finde.

Una risa corta, seca, escapó del pecho de Taboada. Luego se sumó otro. En pocos segundos, la mesa entera reía. Gómez Ayerza no se rió. Levantó el vaso, bebió un trago largo, y dejó que la risa de los otros lo tapara.

—Che, algún día nos van a cambiar el nombre del club —soltó de pronto el wing flaco, con la boca todavía llena de pan—. Esto de llamarse como la organización no va a terminar bien.

Nadie se rió. Alguien tosió. Gómez Ayerza sintió que el vaso se le pegaba a los dedos. Taboada bajó la mirada al plato. Por un segundo, el nombre de Tomás volvió a subirle por la garganta, pero lo tragó otra vez, junto con el vino.

Hablaron de los cobros del referee, de la dureza del suelo, de un scrum que se había caído en el primer tiempo. Hablaron de rugby.

Cuando salieron del quincho, ya era de noche. Afuera, en las calles de Ciudadela, el país seguía siendo el que era. Nada había cambiado. Nadie se había perdonado la vida.

Gómez Ayerza se subió al tren de vuelta a su barrio sin mirar a nadie. En el vagón vacío, apoyó la frente contra el vidrio frío y pensó en Tomás. Pensó que quizás la próxima semana, en el próximo partido, se animaría a preguntar. O quizás no. Quizás era mejor no saber. Taboada hizo lo mismo del otro lado de la vía. Se tocó la ceja partida, sintió la costra seca bajo los dedos, y pensó que había tenido suerte. Que mañana iba a haber desayuno, aunque no hubiera madre que le preguntara cómo le había ido. Mañana volverían a ser lo que eran: enemigos de una guerra que nadie había declarado pero que ya estaba en marcha.

Pero esa tarde, durante ochenta minutos, habían sido simplemente treinta rugbiers. Y eso, por esa tarde, había bastado.

Fin

Nota: en este cuento todos los personajes e instituciones son ficticios y cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Tanto Tacuara R.C. como Montoneros R.C. son nombres ficticios de clubes que no existieron en 1975.

Sin embargo, en la actualidad (2026), Tacuara Rugby Club es un equipo de rugby de la ciudad de 25 de Mayo, en la Provincia de Buenos Aires fundado el 10 de febrero de 2009 y participa en los torneos de la Unión de Rugby del Oeste de la Provincia de Buenos Aires (UROBA); de sus inferiores surgió el Puma Mariano Galarza antes de continuar su carrera en La Plata.

Nota histórica: Existió otro club histórico llamado de forma idéntica, el Tacuara Rugby Club de la región de Rosario/Santa Fe fundado en la década de 1950, pero la actual institución bonaerense formalizó su personería jurídica bajo esta fecha.

Por otra parte, Montoneros Rugby Club es una institución deportiva ubicada en la localidad de Olta, departamento de General Belgrano, en la Provincia de La Rioja, Argentina. Participa en los torneos de la Unión Andina de Rugby (que agrupa a clubes de La Rioja y Catamarca).

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Investigación y producción: Rubén Raúl Ayala. Jugador de rugby entre 1967 y 1995. Ex referee de la Asociación de Referees de la Unión de Rugby de Buenos Aires. Director del Centro de Estudios en Historia del Rugby (CEHR). Director de la revista digital Días de Rugby. Investigador independiente en temas de Historia del Deporte.

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