Hay hombres que se quedan a vivir al costado de una cancha de rugby porque no tienen adónde ir cuando la juventud se les termina. Cambalache era uno de ellos. Vestía siempre un camperón gastado del club, con el cierre trabado a la altura del pecho, y un gorro de lana azul que le tapaba las orejas. En la mano derecha arrastraba un viejo botiquín, cuyos herrajes chirriaban con cada paso que daba.
Nadie recordaba su nombre real. En el vestuario circulaba la leyenda —alimentada por él mismo en noches de asado y vino barato— de que había sido medio scrum titular en la época dorada de Banco, allá por 1986, tirando pases colgados para Hugo. Nadie en el club se molestaba en verificar los archivos ni en desmentirlo. La juventud es piadosa por desinterés: a los muchachos de veinte años les daba lo mismo que el viejo hubiera sido internacional o un simple juntapelotas, siempre que estuviera allí para alcanzar el agua o pasar la cinta adhesiva sobre los tobillos lesionados.
Sin embargo, había algo que los muchachos respetaban de él. Cambalache sabía el nombre de todos. No sólo de los titulares: también de los juveniles que apenas empezaban a entrenar. Sabía quién tenía un tobillo flojo, quién se olvidaba siempre de ponerse la cinta y quién necesitaba que le alcanzaran el agua antes de entrar a la cancha. Cuando alguno se acercaba al banco, el viejo levantaba apenas la cabeza y preguntaba:
—¿Cómo anda esa rodilla, Santi?
Y el pibe sonreía, como si aquella pregunta fuera suficiente para sentirse parte del equipo.
El botiquín era otra cosa. Cambalache lo limpiaba con una paciencia que nadie le había visto para ninguna otra tarea. Una vez, un juvenil quiso tirarlo porque estaba oxidado. El viejo se lo arrancó de las manos sin levantar la voz.
—Todavía sirve.
Después pasó un trapo por la chapa y volvió a guardarlo debajo del banco, como quien devuelve una fotografía a un cajón.
Esa tarde de sábado el cielo de Buenos Aires se descolgaba en una llovizna fría. La cancha principal se había transformado en un lodazal donde los tapones de aluminio cavaban trincheras. Se jugaba un partido áspero, de ésos en los que el barro se mete entre los dientes y cada tackle suena como un madero partiéndose al medio.
A los treinta minutos del segundo tiempo, Juan, a quien todos llamaban la Morsa por su cuello ancho y sus incisivos prominentes, quedó atrapado en el fondo de un ruck. Un taponazo a ciegas le impactó de lleno en el rostro. La Morsa se incorporó tambaleándose, escupiendo un coágulo denso y buscando con la lengua los pedazos de encía destrozados. Caminó hacia la línea de touch, ensangrentado hasta la camiseta.
—Camba… —masculló la Morsa con la voz ahogada por la sangre—. Me hicieron pedazos la boca.
Cambalache no se inmutó. La vejez le había otorgado una lentitud ritual que algunos confundían con sabiduría médica. Se levantó del banco, apoyó el botiquín sobre el pasto mojado y levantó la tapa con un chasquido metálico. Entre restos de gasas grises, frascos desprovistos de etiqueta y tubos de linimento secos por el tiempo, extrajo una botella de vidrio oscuro, pesada y sin marca.
—Enjuagate sin tragar —dijo con una voz raspada por el tabaco—. Es un desinfectante de la vieja escuela. De los que usábamos en el ochenta y seis cuando nos rompían la cara en serio.
La Morsa, enceguecido por el dolor y el mareo, no sospechó. Inclinó la cabeza hacia atrás y se metió un buche generoso del líquido transparente.
Durante un segundo entero, el mundo pareció detenerse. Después, el alcohol entró en la carne viva, en las encías abiertas y en los cortes sangrantes del labio superior.
La Morsa no gritó de inmediato. Su cuerpo entero se agarrotó en una convulsión seca. Los ojos se le inyectaron en sangre y el aire se le quedó atrancado en la garganta como un pedazo de vidrio. En el acto, arrojó el líquido con un bramido que ahogó el silbato del árbitro. Escupió una mezcla de alcohol y sangre sobre los botines del viejo y se llevó las dos manos a la cara, temblando de pies a cabeza mientras se arrodillaba en el barro.
—¡HIJO DE PUTA, CAMBA! —rugió la Morsa, ahogándose en su propia saliva—. ¡¿QUÉ MIERDA ME DISTE?! ¡ME QUEMA! ¡ME ESTÁ MATANDO!
Cambalache contempló con parsimonia la botella entre sus dedos mugrientos. Le pasó el pulgar por el pico y la miró al trasluz grisáceo de la tarde.
—Alcohol —dijo secamente—. Desinfecta.
—¡Me dijiste que era un tratamiento de tu época! —gritó la Morsa, levantándose como una bestia herida, con el rostro deformado por la rabia y el dolor ardiente—.
—¡MENTIROSO! ¡Vos nunca jugaste en Banco! Estuviste siempre acá, vegetando en este club de mierda, contándole mentiras a los pibes para sentirte alguien.
El insulto quedó flotando sobre el pasto como una mancha grasa. Un par de suplentes entornaron los ojos y bajaron la cabeza; "Kureta", el médico del plantel, acortó el paso, incómodo, apoyando el maletín moderno sobre el barro y atendió a la Morsa.
Cambalache sostuvo la botella unos segundos más. No hubo indignación ni intento de defensa. Simplemente, la postura erguida que había sostenido durante décadas se le volvió peso real sobre los hombros.
Volvió a calzar el frasco de alcohol en su encastre de lata dentro del botiquín, despacio, con cuidado de no derramar una gota. Bajó la tapa de chapa. El pestillo metálico encajó con un chasquido seco que cortó el murmullo de la llovizna.
Se ajustó el gorro de lana hasta las cejas y tomó la manija de cuero gastado. Miró a la Morsa una sola vez, sin la altanería del mito ni explicaciones tardías: una mirada opaca, plana, de quien ya no tiene nada que sostener.
Sin decir una sola palabra, se dio media vuelta y echó a caminar por el borde de la cancha. El camperón trabado a la altura del pecho, la marcha cansada y el botiquín pesado chirriando a cada paso, mientras a sus espaldas el árbitro pitaba la reanudación y el partido volvía a rodar en el lodazal.
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Nota: este cuento está inspirado en una vieja anécdota que corría en el club. Todos los personajes e instituciones son ficticios y cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.
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