viernes, 12 de junio de 2026

El último pase

Se llamaba Martín, dieciséis años recién cumplidos, y en el campo de St. John Fisher el barro ya no era barro sino una piel viva que se pegaba a los botines como si la ciudad misma quisiera retenerlo. Buenos Aires respiraba húmeda esa tarde de junio, con ese cielo bajo, cargado de algo que no llegaba a estallar. El partido contra St. Oliver Plunkett había durado una eternidad, como todas las finales que uno juega con el alma en la boca.

Martín era un wing izquierdo veloz, sentía que cada zancada abría una grieta en el tiempo. El rugido de los padres y los compañeros se mezclaba con el rumor lejano de la avenida, ese rumor porteño que nunca se calla del todo.

St. Oliver presionaba. Sus forwards eran muros vestidos de verde y blanco, y entre ellos se movía un ocho de fuerza brutal. El marcador estaba igualado. Faltaban dos minutos, tal vez menos. El árbitro ya miraba el reloj con impaciencia. Martín recibió el pase alto, casi imposible, el grip de la pelota le quemó las manos. Corrió. Corrió sabiendo que detrás venía la estampida. Vio la línea de try dibujada en el barro, una línea absurda que separaba la gloria del vacío.

Martín no pensó en su padre. Solo existía el ardor de los cuádriceps al límite y el muro verde del octavo de St. Oliver cerrándole el ángulo. No hubo elegancia. El impacto le vació el aire de un golpe. Sintió el hombro crujir, un latigazo que le subió hasta la nuca, y después nada: solo el peso.

El sabor a hierro de la sangre se mezcló con el gusto podrido de la tierra en su lengua. El mundo se volvió blanco un segundo. El cuero resbaló de sus dedos húmedos con un sordo "chof" contra el fango, un sonido que sentenció el partido.

Martín colapsó. El peso de los forwards lo hundió en la masa de barro, aplastándole la cara contra el pasto arrancado, mientras el rugido ajeno le confirmaba que el balón ya no era suyo.

El mundo se inclinó. Alguien de St. Oliver recogió el balón. Alguien lo pasó. Alguien corrió. Martín, con la mejilla contra el barro y el pulso golpeándole en los oídos, supo antes de que sucediera lo que iba a suceder. El try. El try del final.

El silbato final, agudo y largo, fue lapidario. St. Oliver campeón. St. John, otra vez, con la plata en la boca y el gusto a nada.


Se levantó tambaleándose. Las piernas no le respondían del todo. Los compañeros se quedaban quietos, llenos de pesar, mirando el vacío. El capitán de St. Oliver levantó la copa y el cielo pareció bajar un poco más, como si también él quisiera ver de cerca la humillación. Martín caminó hacia el banco. Recordó las tardes de entrenamiento en el colegio, el olor a pasto cortado, las risas en el vestuario, la promesa tonta de que esta vez sería distinto. Todo eso ahora era un eco lejano, distorsionado, como una radio que alguien apaga en mitad de una canción que uno amaba.

Se sentó. El barro se secaba en su cara formando grietas. Miró sus manos abiertas, sucias, vacías. ¿Y ahora qué? pensó. ¿Ahora qué hago con todo esto que no pude ser? Uno puede entrenar mil horas, sangrar, creer, y aun así el balón se te escapa entre los dedos como un sueño al despertar.

Alrededor, la gente empezaba a irse. Los padres de St. John con la cabeza baja, los de St. Oliver cantando. La ciudad seguía ahí, indiferente y hermosa, con sus calles que olían a choripán y a lluvia que se viene. Martín se quedó un rato más en el banco, solo. Sintió que algo dentro de él se había quebrado de manera limpia, casi elegante. No era tristeza exactamente. Era otra cosa. Era el peso súbito de haber tocado el fondo de sí mismo y descubrir que el fondo tenía su propia luz, melancólica.

Martín se levantó del banco. El barro, ahora seco, se le caía de los brazos en pequeñas escamas grises. Miró el campo vacío, ese escenario donde hacía diez minutos el mundo parecía terminarse, y que ahora era solo un rectángulo de tierra pisoteada bajo la humedad de junio.

En el pasillo, antes de entrar al vestuario, apoyó la mano en la pared. No sonrió, ni se dijo que habría otros partidos. Solo respiró hondo, sintiendo el aire frío en los pulmones, y empujó la puerta para encontrarse con el vapor de las duchas y el silencio de sus compañeros.


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Nota: Todos los personajes e instituciones son ficticios y cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

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2 comentarios:

  1. Soy profe de Literatura y Bautista, mi alumno, me pidió que comentara este cuento en clase: Un relato breve bien construido, con una economía narrativa que se agradece: no hay redención barata ni golpe de efecto al final, y eso ya lo pone por encima de la mayoría de los cuentos deportivos que suelo leerles. El manejo del cuerpo y el dolor físico como vehículo de la derrota está logrado —el impacto, el hombro, el barro que se seca en la cara— sin caer en lo excesivo. Si tuviera que hacerle una observación, diría que el cierre, aunque contenido, se siente un poco previsible en su melancolía; me hubiera gustado algo de ambigüedad o incomodidad extra en esa última imagen del vestuario.

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  2. El relato de Martín en el barro del St. John Fisher me hizo acordar a mis épocas de colegio. Capturan perfecto esa mezcla de frío, barro y adrenalina de las finales amateurs. Gracias por mantener viva esa esencia

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