Una Crónica de 1891
El invierno de 1891 se arrastraba por el Flores de los carruajes, las quintas y los senderos de tierra. Olía a eucalipto podrido y a tierra removida, a caballos y a algo más espeso: el rencor que se acumula entre hombres que se saben provisionales. Dos colegios ingleses se enfrentaban esa tarde en un campo de barro y gramilla, a pocas cuadras de la Avenida Rivadavia. El Flores Collegiate School contra el Flores English College. La rivalidad no era solo deportiva; era el modo en que cada bando justificaba su permanencia en la colonia.
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| Flores Collegiate School del Reverendo Joseph Henry Gybbon-Spilsbury. Imagen de ficción generada con IA de Google Gemini, [23/03/2026] |
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| Flores English College del Captain Ellis Arthur, el severo Old Etonian. Imagen de ficción generada con IA de Google Gemini, [23/03/2026] |
El Reverendo Joseph Henry Gybbon-Spilsbury observaba desde el borde del campo, las manos cruzadas a la espalda, el cuello rígido bajo la sotana. Frente a él, el Captain Ellis Arthur, un Old Etonian gritaba órdenes con voz penetrante. Sus muchachos eran más altos, más pesados. Jugaban como se peleaba en las colonias: directo, sin contemplaciones.
Alan Griffin, capitán del Collegiate, tenía diecisiete años y una rodilla que ya no respondía. Al final del primer tiempo perdían 2-1. El barro les llegaba a los tobillos. La pelota, de cuero marrón, pesaba. Cuando sonó el silbato, Griffin se dejó caer. El aliento le quemaba la garganta.
Spilsbury se acercó. No lo tocó. Solo habló, en voz baja, casi para sí mismo:
— Ellos empujan porque no saben otra cosa. Usted piense. Use el ancho. Haga que corran detrás de la pelota y no al revés. El honor no está en resistir el golpe, Griffin. Está en obligarlos a darlo en el vacío.
Griffin levantó la vista. La mano del Reverendo, apoyada ahora en el poste de la portería improvisada, temblaba. Un temblor fino, casi imperceptible. Spilsbury lo notó y la retiró con brusquedad.
— ¿Tiene miedo, señor? —preguntó Griffin, sin ironía.
El Reverendo sonrió con la boca torcida.
— Todos tenemos miedo, hijo. La diferencia es a quién se lo mostramos.
En el segundo tiempo el campo se volvió un pantano. El English College seguía imponiendo su físico, pero algo había cambiado. Griffin ya no corría hacia los cuerpos; los eludía. Movía la pelota con toques cortos que cortaban el aire helado del campo como un susurro resentido buscando los espacios que el rival, furioso, dejaba al avanzar. A los veinte minutos empataron. Un centro preciso, un remate seco. El portero contrario ni siquiera se movió.
El reloj de bolsillo del árbitro marcaba el final cercano. La luz caía oblicua sobre el barro. Griffin recibió la pelota en mitad de cancha. Delante tenía al extremo desmarcado. Detrás, el delantero rival venía cerrando con todo. Por un instante dudó. El miedo era real. Pero soltó el pase. El centro llegó alto. Griffin le ganó la posición a su marcador que cayó pesadamente al barro por el codazo que recibió del capitán del Collegiate. Tras esa falta que el referí no advirtió, Griffin apretó la mandíbula y con un potente derechazo impulsó a la pelota húmeda y pesada que cual proyectil ingresó por el centro del arco. 3-2.
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| Gol! Alan Griffin del FCS. Imagen de ficción generada con IA de Google Gemini, [23/03/2026] |
Los gritos de los pocos espectadores se perdieron en el viento. Griffin se acercó al capitán rival y le tendió la mano esperando el rencor ardiente del campo de batalla. Pero el capitán no le miró a la cara. Sus ojos se detuvieron un instante en el remiendo grosero de la bota de Griffin, allí donde el cuero se abría por el barro. Le devolvió un apretón flácido, una formalidad vacía, y de inmediato restregó su palma contra el muslo, limpiando el rastro de la mano del hijo del tendero como quien aparta un insecto.
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| Entrega del trofeo. Imagen de ficción generada con IA de Google Gemini, [23/03/2026] |
Spilsbury no celebró. Se quedó junto al campo, contemplando la pelota embarrada que alguien había dejado a un costado. Cuando Griffin se acercó, el Reverendo habló sin mirarlo:
— Ganamos.
— Sí.
— Y mañana todo seguirá igual.
Griffin sintió el peso de la copa en las manos. Tenía una abolladura profunda en un costado, una marca sorda que interrumpía el brillo del metal. Pasó el dedo por el hundimiento, recorriendo el borde filoso donde el triunfo se deformaba. Afuera, el viento de Flores seguía arrastrando el olor a eucalipto podrido y el silencio de un campo que ya no le pertenecía a nadie.
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Hermosa época la de los intercolegiales
ResponderEliminar"El honor de Flores" es un cuento memorable porque logra transformar una anécdota deportiva en una lección existencial sobre la futilidad y la dignidad. Lo que le aporta al lector es una mirada despojada de romanticismo sobre el éxito: Griffin gana el partido, pero pierde la ilusión de que ese triunfo le otorgue pertenencia en un mundo que lo mira con asco por su origen. Es una obra potente que, mediante una prosa precisa y elegante, nos recuerda que las victorias más dulces suelen llevar una marca de deformidad, como la abolladura en el metal de su trofeo. Una lectura imprescindible para quienes buscan historias donde el deporte es solo el escenario para las batallas más profundas del alma y la sociedad.
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